
Un
hombre excepcional que conocí allá por principios del 2004, en la capital del
reyno –al decir de un amigo mío–, cuando Jaime Huenún nos invitó al lanzamiento
de “20 poetas mapuche contemporáneos” (LOM Ediciones, 2003). Había gente de “Cultura
en Movimiento” colaborando activamente en el asunto y por allí estaba
Alejandro.
Nos
invitó a su casa y por la noche estuvimos un grupo de poetas mapuche (Lorenzo
Aillapan, Graciela Huinao, Leonel Lienlaf, Emilio Guaquin, Bernardo Colipan,
Víctor Cifuentes, Paulo Huirimilla, Jaime Huenun, Maribel Mora y yo)
disfrutando de una cena y de harta conversación. Aprovechó este amigo la
ocasión para hacernos algunas fotografías. Por la tarde nos estuvo haciendo
otras más personales y de estudio, a propósito de un proyecto con el Sello
Alerce que no llegó a concretarse. (Grabamos – en estudio – unos cuantos
poemas, con la idea de editar un CD).
Le
perdí la huella durante unos cuantos años, hasta que mi peñi Victor Cifuentes
me dio la noticia de que estaba en lo Temuko. Hasta su “casa-sede” en calle
Carrera llegué un día. Allí le estuve esperando un rato. Apareció lentamente
desde una micro. De inmensa humanidad, de mirada grave a ratos, aunque la mayor
parte del tiempo iluminada con una sonrisa acogedora. Apasionado, vehemente el
hombre.
Me
contó que cargaba con un cáncer de mierda; pero, que con el uso permanente de
una planta que se encargó de regalar a los cuatro vientos, logró contenerlo e
incluso disminuir el tamaño del tumor de carajo. Lo contó como quien habla de
un resfriado porfiado, y yo – por cierto – sentí algo extraño, porque por
primera vez alguien me hablaba de la Dormida del modo que yo la miraba o la
siento.
Me fui
enterando de sus andanzas, de su activa participación en lo social-político-cultural-vida,
y sentí una envidia silenciosa por su energía interior que contrastaba con la
lentitud de sus pasos. Parece que no había actividad alguna en que no estuviera
Alejandro con su cámara, registrando el momento para enviarlo a los cuatro
puntos cardinales.
En la
última ocasión que le visité, me recitó varios poemas y me entregó copia de
unos cuantos. Hay en esos versos una proximidad con la poesía popular chilena
indesmentible. Alejandro fue uno de ellos en el tiempo actual. No eran décimas;
pero, eran tan cercanas a las de la vieja “Lira Popular”.
Un día
llegué a su casa con un pedido. Le solicité que fotografiara algunos de mis
trabajos en telar. La idea era cautivarlo y que un día llegara a mi casa-taller
para que registrara el proceso que realizo con las artesanías y mis tapices.
Finalmente, hicimos un xafkintu: él me hizo las fotografías y yo le hice un
sujetador de guitarra con los colores que eligió. Confidenció que era un regalo
para un amor de ahora. Ojalá que aquella persona haya quedado contenta con el
obsequio de su enamorado. Ojalá que Alejandro haya tenido la dicha de su
compañía.
En la
última visita intercambiamos música. Le llevé una colección como de cuarenta
discos de Nina Simone y él me entregó varios de Amparo, otros de Carlos Mejía
Godoy, discursos del Che, de Allende, trovadores recientes y algo más.
Hubo
una ocasión en que soñó con Nina, me contó un día. Él iba saliendo o algo así
de la casa de sus padres en Vilcún y se encontró con ella. Conversaron y le dio
a entender o le propuso que se dedicara a trabajar con los más jóvenes. Después
de eso realizó un cambio en la forma de su trabajo que no en el fondo. Así me
explicó su quehacer cotidiano de esta última etapa.
Tenía
en la pared un xariwe masculino. Nunca antes he visto uno semejante. Me contó
que se lo habían regalado. Quedamos en que me facilitaría una fotografía del
objeto, con la idea de hacer una reproducción. No se llegó a concretar.
Así es
la vida, una especie de sueño encantador y matices de pesadilla en ocasiones.
Lo bueno es que cuando se ha vivido unas cuantas decenas de años, uno comienza
a mirarla con simpatía y sin la ansiedad de los años nuevos. Pensaba visitarlo
luego; pero, todo ha quedado en pausa. Hace un par de días vi en Internet una
carta de Alfredo despidiéndolo. Estuve en una tocata que la Biblioteca Mapuche
(Temuco) hiciera en su memoria y sentí que Alejandro ha de estar tranquilo,
porque “más sabe el Diablo por viejo que por diablo”.
Un
abrazo por la eternidad a este peñi adoptado por nosotros los “indios de
carajo”.
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