domingo, 27 de febrero de 2011

COMENTARIO E INVITACIÓN SOBRE LO DIVINO Y LO HUMANO


Imagen: Reunión de familia posterior a gijatun
Fotografía: Erwin Quintupill. Saltapura 19.12.10



Imagen: Sahumerio
Fotografía. Erwin Quintupill. Saltapura 31.12.10

A continuación les comparto textos de Ricardo E. Latcham que fueron extraídas ‘de los capítulos centrales de la obra: “La organización social y las creencias religiosas de los antiguos araucanos”, publicada en el Tomo III, Nº 2, 3 y 4 de las “Publicaciones del Museo de Etnología y Antropología de Chile”, Santiago, Imprenta Cervantes, 1924.

Los fragmentos seleccionados por mí pertenecen a ese extracto que se publicara con el nombre de “La Religión de la Antigua Tierra de Chile” (Ediciones Kushe, Concepción, Chile, 2001.

¿Por qué me preocupan estos temas? Por varios motivos, pero, principalmente porque puedo observar una tremenda confusión. Hace unas pocas semanas, tuvimos en casa un gijatun familiar, que es similar al comunitario con la diferencia que en éste participa la familia afectada y sus invitados (algunos cercanos: familiares y amistades), y se inicia por la mañana y finaliza en la tarde del mismo día. En esta ocasión nos reunimos alrededor de 25 personas.

La cuestión es que por la noche, cuando todo había concluido, algunos de mis hermanos/as comentaron que “la bendición de la maci había estado muy bonita” o algo así; pero, el hecho es que emplearon la palabra bendición para referirse al momento del cierre del gijatun. Les comenté que no se trataba de eso, porque la bendición es un concepto cristiano y tiene sentido sólo al interior de esa cultura, que el gijatun que habíamos realizado no tenía nada de cristiano, aún cuando la maci haya tenido un pasado activo en una de sus iglesias; por último que la palabra bendición no existe en el mapuzugun. Me clavaron con sus miradas – algunos de ellos/as – y me respondieron con una pregunta, “entonces, ¿qué es?”.

Pasé a explicarles que todas las culturas antiguas tenemos palabras de agradecimiento hacia la naturaleza para el instante en que se finaliza un ritual, una rogativa (en castellano), que los aymara y otros tipo de mapuche hacen lo mismo, en su idioma, dirigiéndose a “su espacio”. (Con este “su espacio” me refiero también al tiempo, a la historia; porque, los pueblos originarios o indígenas o indios de carajo nos alimentamos de la memoria). Les comenté que esta parte final de todo tipo de gijatun, en cualquier cultura indígena u originaria o de indios de carajo existe desde mucho antes que los cristianos llegaran a nuestro territorio, que esto que ellos llamaban “bendición” no es aporte cristiano y que por eso no podemos asignarle ese nombre, porque lleva a la confusión, y que por eso un montón de “ologos” han ido escribiendo que los mapuche tenemos dios o dioses, y que los curas – en particular – encontraron muy bueno que hablaran así, porque de ese modo tenían – además – fundamentos científicos para hacer creer – sobre todo a nosotros – de que el “dios mapuche” y el cristiano son lo mismo. Esta conversación no pudo continuar, porque mis hermanos – todos mayores que yo – guardaron silencio.

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Lo de más arriba fue escrito a principios de enero. Ahora, estamos finalizando febrero.

Posteriormente, he vuelto a estar con mis hermanos. Ahora estuvimos todos en un reencuentro al que los invité en torno a la figura de nuestros padres. La actividad se realizó paralelamente al 5º Mingako Kultural, pues era mi propósito compartirlo con ellos y su descendencia (la que llegara). En algún momento, de los tres días compartidos, apareció el concepto de Nguenechen (según los “ologos”). Una de mis hermanas lo mencionaba como dios mapuche, diferente al cristiano. Nguenechen: así también lo aprendí en mis tiempos de máxima juventud, en los años 70 y 80. En ese tiempo lo único que me llamó la atención es que nunca lo había escuchado en mi lof de origen, ni a mis padres ni a ninguna otra persona mayor.

Recuerdo haber leído las Lecturas Araucanas de Fray Félix de Augusta y a Wilhem de Moesbach, y a varios más, en las pequeñas bibliotecas que algunas amistades habían logrado salvar. También en la Biblioteca de la Universidad de Concepción encontré material suficiente para mi insaciable hambre de saber. (Mis padres me pusieron en contacto con la escritura y la lectura cuando tenía cerca de los seis años de edad, y posteriormente me matricularon en la escuela del lugar). En todos los textos que abordé, aparecía el concepto Nguenechen, escrito de ese modo o parecido; sin embargo, cada vez que regresaba a casa no encontraba esa palabra entre los míos. (Si papá y mamá la conocían, lo ignoro. Ellos habían sido llevados muy niños hasta la Misión de Boroa para evangelizarlos e iniciarlos en el proceso de chilenización.)

Más adelante me fui a la lectura de crónicas antiguas. Por cierto, también La Araucana de Ercilla. Lo que me llamó la atención es que ninguno de ellos menciona a este Nguenechen. La mayoría dice que los mapuche de entonces adoran al Pillán, y lo identifican con su demonio. Estamos hablando de los siglos 17, 18, 19.

Invito a mis parientes y amigos/as a buscar en los textos del pasado alguna respuesta o aproximación a la respuesta a nuestras preguntas fundamentales. Los profesores de siempre han enseñado a creer en la retórica ajena, en las “palabras floridas”. Los profesores – instrumentos de un Estado que quiere que las cosas permanezcan sustancialmente donde mismo – enseñaron/an el conformismo y la falta de curiosidad, el desamor por la investigación. Al final de cuentas, en un país que se dice cristiano, en su Dios están todas las respuestas, y si usted se muere sin haberse preguntado o sin haber tenido las respuestas, no importa; es suficiente con creer.

Los invito a rescatar la memoria perdida, aquello que todos los regímenes han combatido en nosotros los indios de mierda o como nos quieran llamar. Los mapuche existimos satisfactoriamente en la medida que no perdemos la memoria, y la conversación (oralidad) es el vehículo por donde viaja.

Finalmente, agradeceré cualquier texto antiguo que me puedan compartir

LA RELIGIÓN DE LA ANTIGUA TIERRA DE CHILE 1


Imagen: Gijatun familia Raguileo Ñancupil
Fotografía: Erwin Quintupill. Saltapura 19.12.10

El hombre primitivo en todo lo que atañe a su culto, es muy reservado. Sus principales ceremonias se efectúan únicamente en presencia de iniciados y para el efecto forma sociedades secretas o esotéricas, cuyas operaciones son misteriosas y desconocidas a los que no son miembros de ellas. En las ceremonias públicas la mayor parte de los ritos se ejecutan por medio de símbolos, del lenguaje de gestos o por el empleo de metáforas, cuyo verdadero sentido es comprendido únicamente por los iniciados, de manera que un extraño que las presencia, pocas veces se da cuenta de lo que en realidad significan.

… en general rehúsan hablar de esta materia o si lo hacen proporcionan datos equívocos o falsos; y es solamente después de estar largo tiempo entre ellos y de haberles ganado la confianza, que puede el observador con paciencia, adquirir conceptos más o menos exacto respecto de sus verdaderas creencias y aún así, raras veces logra compenetrarse del origen y los causales de semejantes ideas.



Por otra parte, es muy difícil para el observador, desprenderse de todos sus prejuicios y colocarse en el mismo nivel de mentalidad que los primitivos, de manera que, muy frecuentemente las relaciones que da son viciadas por interpretaciones alejadas del modo de pensar del indígena y que dificultan en vez de aclarar la verdadera comprensión de sus ritos y ceremonias.

Estas dificultades aumentan enormemente cuando se trata de explotar las creencias religiosas de generaciones lejanas, cuyas ideas son en parte solamente reflejadas por las de sus descendientes y modificadas por un prolongado contacto con razas superiores especialmente empeñadas en hacer desaparecer todo lo que queda de las costumbres y modo de pensar antiguos.

En este caso se encuentra el culto de los araucanos. Los cronistas que describen, con pocos detalles, algunas de las fases de la exteriorización del culto, se dejaban influenciar por las preocupaciones de las épocas en que escribían. Imputaban a la obra del demonio todo lo que no comprendían o que no estaba en conformidad con su teología(1) ; error en que los ha seguido, sin mayor investigación, un buen número de escritores modernos.



Respecto de las ideas religiosas de los mapuche del siglo XVI, Latcham dice:

Al hablar de éstas, ante todo, debe declararse que no reconocían ninguna deidad, ni buena ni mala y que tampoco tenían nada que se asemejaba al culto divino. Sobre este punto son claros y categóricos todos los testimonios y algunos cronistas atribuyen a esta falta, la dificultad experimentada por los misioneros al querer propagar entre ellos la doctrina cristiana.

González de Nájera dice de los araucanos. “indios que se saben que no tienen religión alguna”(2).

El Padre Rosales declara que: “Son estos indios de Chile los más bárbaros de las Indias, porque ni conocen al verdadero Dios, ni tienen otros dioses, ni ídolos que adorar, culto ni adoración, ni tienen sacrificios, ni ofrendas, ni invocaciones. Sólo invocan al Pillán y ni saben si es el demonio ni quien es”(3).

El Padre Sors opina lo mismo y escribe: “¿Quién pensará jamás que un enemigo tan astuto y audaz no tuviera algún Dios a quien servir y ocurrir para los buenos sucesos y lances más apretados en que se ha visto? Pues no le tiene por que no reconoce más Dios y buenaventura que su vientre”(4).

Jerónimo Pietas dice de ellos que viven “sin tener adoración alguna”(5).

El P. Havestadt dice en su Gramática: “Los indios chilenos no tiene vocablo que expresa en todos sus significados la voz Dios”, y en otra parte añade. “No se encuentran términos que traducen los conceptos de templo, altar, sacrificio, víctima, ofrenda, y otros parecidos; ni los que pueden aplicarse a las cosas sobrenaturales, como alma, gracia, gloria, virtud, vicio, etc., en el sentido teológico”.

Estas apreciaciones, repetidas por muchos otros cronistas, son exactas en cuanto a la falta de divinidad, pero relativas respecto de los sacrificios, ofrendas, etc., pues conviene advertir que los mismos cronistas que certifican la falta absoluta de una deidad estaban convencidos que los araucanos practicaban ritos de demonismo e imputaban a estos ritos y no a la religión los sacrificios, ofrendas, etc., que observaban y por esto niegan su existencia en relación con las creencias religiosas.


El Padre Olivares también deja constancia de la falta de una divinidad entre los araucanos. Dice: “Los indios de Chile no solo no reconocieron aquella caterva de dioses celestes, terrenales, e infernales, altos y bajos que otras naciones gentiles.. pero más bárbaros que esto y en todo lo demás se negaron torpemente oír las voces de la razón y no reconocieron, con suma ignorancia e ingrato desconocimiento, al sumo hacedor y bienhechor nuestro; y no habiendo entre ellos conocimiento alguno de la divinidad, es consiguiente que no tuviesen templos, ni sacerdotes, ni culto, ni sacrificios”(6).

Barros Arana, citando algunos de estos cronistas y fundándose además en las opiniones del Obispo Ovando de la Imperial(7) y de Fray Melchor Martínez(8) emite el siguiente juicio respecto del punto que tratamos: “Los indios chilenos, como muchos otros indios americanos y como algunos otros pueblos, no tenían la menor idea de una divinidad. Eran propiamente ateos, entendiéndose con esta palabra no la negación de la existencia de un dios, sino la ausencia absoluta de ideas definidas sobre la materia. Inútil sería buscar en las noticias que tenemos signo de adoración ni de sentimientos religiosos”(9).

Verdad es que Molina, después de estar de acuerdo en esta cuestión con los demás cronistas en su Compendio Anónimo, se contradice en el Compendio de Historia Civil que lleva su firma diciendo en este último: “El sistema de religión de los Araucanos es simple, y acomodado a su manera libre de pensar y vivir. Ellos reconocen un ente supremo, autor de las cosas, a el cual dan el nombre de Pillán: esta voz se deriva de púlli o pilli (la alma y denota el espíritu por excelencia). Lo llaman también Guenupillán, el espíritu del cielo; Buta-gen el gran ser; Thalvave, el Tonante, Vilvemvoe, el creador de todo; Vilpepilvoe, el Omnipotente; Mollgelu, el Eterno; Avnohu, el Infinito, etc”.

Sin embargo, en este particular, Molina incurre en un error que proviene de que no conocía personalmente los indios y escribe lo que ha podido colegir de las relaciones que había podido reunir.

El Pillán no era deidad y mucho menos Ser Supremo adornado con los atributos que le asigna Molina. La mayor parte de estas voces las halló en el vocabulario de Febrés y supuso que los indios las usaban para referirse al pillán. De las palabras que reproduce, algunas eran usadas por los indios, pero en otros sentidos y las demás combinaciones adoptadas por los misioneros por no encontrar en la lengua araucana vocablos que tuviesen el significado que ellos querían expresar.

Los indios no se preocupan en ideas abstractas y si posteriormente se han servido de las expresiones anotadas y parecidas, inventadas por los misioneros, ha sido solamente al hablar de la divinidad de los cristianos y no con relación a sus propias creencias ancestrales.

Podemos citar en este respecto, el sentido moderno dado a las palabras como ngenhuenu dueño del cielo; ngenmapu, dueño de la tierra; ngenchén, dueño de la gente, etc., que fueron inventadas sobre el patrón de otras parecidas existentes, para expresar ideas de que los indios carecían.

En la lengua araucana no existen vocablos para expresar los conceptos de Dios, adoración, cielo (gloria), pecado, religión, ni de ninguna de las ideas abstractas en que abundan los cultos superiores. La mayor parte de las voces que los indios usan en su pseudo-cristianismo, son o tomadas del español o bien adaptaciones de voces indígenas cuya significación se ha cambiado, pero que los indios entienden literalmente. A esto en gran parte se debe el poco progreso verdadero que se nota en la cristianización de este pueblo; porque los misioneros creen que están explicando muy bien sus doctrinas y entretanto el indio, literal en todo lo que dice y piensa, entiende una cosa diversa. Solamente en tiempo muy recientes, con la educación de los niños naturales y la inculcación de estas ideas se ha podido decir que los indios entienden más o menos lo que se les enseña de la doctrina cristiana, pero los viejos son siempre reacios y conservan sus antiguas creencias.

En: Latcham, Ricardo E. La religión de la antigua tierra de Chile. Editorial Kushe, Concepción, Chile, 2001, pp 12-18.


A propósito de las voces o palabras aparecidas en uno de los párrafos, comento que es de mucha confusión cuando son leídos sin tener en consideración los muchos errores en que han incurrido los no hablantes del mapuche cuando han intentado escribir – a su modo o mejor dicho desde su visión de mundo – cualquier voz nuestra.

Pvjv = espíritu. En otros textos puede aparecer como püllü, pilli, púlli, etc.
Wenu = lo alto o físicamente en la parte superior.
Fvxa = grande
Fvca = viejo, antiguo
Fvta = marido
Gen = espíritu que manda un espacio o parte del mundo material.

Otras notas:

En el texto dice:

- Thalcave. Probablemente debe decir Xalcafe o el que está a cargo de los truenos y los genera.
- Vilvenmoe. Probablemente debe decir Fijgenmogen o los dueños de lo vivo.
- Vilpepilvoe. Probablemente debe decir Fijpepilfe o el que lo dice todo (y por lo tanto, lo sabe todo).
- Mollgelu. Probablemente Mogelu o el que tiene salud y está en buena condición.
- Avnohu. Probablemente Afnolu o lo que no se acaba.

Consideren la probabilidad de que yo mismo cometa error de interpretación de estas escrituras, pues como dije, es difícil llegar a imaginar

- el contexto en que escucharon estas voces y lo que escucharon
- lo que entendieron y quisieron escribir.

(1)Los destacados en negritas son míos.
(2)Desengaño y reparo de la guerra, p. 54. Historiadores de Chile, Tomo XVI.
(3)Historia del Reyno de Chile, Tomo I, p. 162.
(4)Historia del Reino de Chile, Rev. Chil. De Histo. Y Geog. Tomo XXXIX. Nº 43, 68 pp.
(5)Gay. Documentos I.P. 487.
(6)His. Sagrada, Civil y Militar, p. 50.
(7)Descripción del Chile y del Perú. S. MS.
(8)Memoria sobre las misiones viajeras en la Araucanía. MS.
(9)Historia de Chile, Tomo I, p106.

viernes, 7 de enero de 2011

EDMUND REUEL SMITH (1)

Tan luego como hubimos establecido nuestro campamento principiaron a llegar los curiosos, hombres y niños, atraídos por la novedad y tal vez con la esperanza de poder hurtar algo. Casi todos vestían el chiripá, prenda en forma de poncho que envuelve el cuerpo desde la cintura hasta los tobillos y sujeta por un cinturón o faja. Algunos usaban ponchos y unos pocos llevaban también camisas, viejas y mugrientas. Un indio de anchas espaldas, a pesar de no tener camisa, lucía un chaleco, demasiado estrecho para cruzar su poderoso busto, y llevaba en la cabeza un gorro viejo con galón de plata muy oxidada, en vez del pañuelo o cinta de colores con que generalmente sujetan el pelo.

No demostraban la taciturnidad e indiferencia estoica que estamos acostumbrados a atribuir a todos los indios; al contrario, eran vivos, habladores y en extremo novedosos. No dejaron nada sin examinarlo y aun mi traje, botas y sombrero no se escaparon de sus pesquisas, que acompañaban de risas, chanzas y exclamaciones de sorpresa. El cacique no demoró mucho en acercarse también y luego entabló conversación. Tenía mucho que preguntar sobre los sentimientos e intenciones del gobierno para con los indios y expresó muchas dudas con respecto de la anunciada visita del presidente Montt a las provincias del sur; temía complicaciones y aparentemente se sintió muy aliviado con las explicaciones de Sánchez. Nadie parecía demostrarle mucha deferencia y me sorprendió la falta de respeto que se notaba para los superiores, sobre todo entre los niños, quienes gozaban de la mayor libertad, mezclándose entre las conversaciones, expresando sus ideas de una manera no superada por la misma juventud yanqui.

Mientras conversábamos se anunció un mensajero de Mañín, enviado a causa de unos robos que habían ocurrido últimamente. El propio, sin desmontarse, dio su mensaje en tono de sonsonete en que se notaban algunos sonidos guturales y la frecuente repetición de las palabras piu, pi, pioe (yo digo, dije yo, dijo él). El cacique le escuchó de pie y todos los demás guardaron un silencio respetuoso. La respuesta se dio con la misma modulación monótona, sin ademanes ni inflexiones de voz, de manera parecida a la de los niños cuando repiten una lección aprendida de memoria.

Para mi modo de ver, anunciaron sus discursos en un estilo poco llamativo, pero Sánchez me dijo que ambos eran considerados oradores y muy reputados por la pureza de su dicción. Los mapuches tienen ideas propias respecto de la elocuencia, la que se estudia por ser el camino más seguro para distinguirse. Cualquier joven que posee cierta facilidad de palabra y una buena memoria puede aspirar a una alta posición. Los caciques siempre eligen para ayudantes y mensajeros a aquellos jóvenes que son capaces de expresar no sólo con claridad sus propias ideas, sino también de repetir con exactitud las palabras de otros, punto de importancia capital para la transmisión de las comunicaciones orales. Los mensajeros, por su constante roce con los hombres principales y por tener que hablar en las asambleas nacionales, obtienen gran influencia y a menudo suceden a los que son superiores a ellos en cuanto a cuna…

Smith, Edmond Reuel. Los Araucanos o notas sobre una jira efectuada entre las tribus indígenas de Chile Meridional. En: Rojas, Manuel. Chile: 5 navegantes y 1 astrónomo. Empresa Editora Zig-Zag, S.A., 1956, pp 83-84.

EDMUND REUEL SMITH (2)

Después de la siesta, Quilal nos acompañó a través del pequeño estero de Nininco hasta los extensos campos donde pacían sus ganados. Media docena de hueñis bien montados nos acompañaban y luego llegó a ser interesante la partida. No hay nada más pintoresco que ver a estos jóvenes salvajes correr a escape por el llano con sus largos cabellos flotando al viento y sus lazos silbando en el aire mientras se lanzan tras los animales que quieren coger…

Después de mucho discutir el precio (a lo que son muy adictos los indios), Sánchez eligió varios animales para llevarlos a su vuelta. Lo que me sorprendió fue que los pagara al momento, pero me dijo que en todo negocio conveniente los indios son más honrados que los cristianos. “No tengo la misma confianza con mis compatriotas –agregó–, porque si pagara anticipado a un chileno me engañaría si fuera posible.”

Smith, Edmond Reuel. Los Araucanos o notas sobre una jira efectuada entre las tribus indígenas de Chile Meridional. En: Rojas, Manuel. Chile: 5 navegantes y 1 astrónomo. Empresa Editora Zig-Zag, S.A., 1956, pp 88.

EDMUND REUEL SMITH (3)

Después de pasar muchos días con Chancay, Sánchez y yo resolvimos hacer una visita formal al gran Mañín, sin que nos siguieran los otros de nuestra comitiva… Nos acompañó una parte del viaje un chileno que trabajaba por cuenta de un vecino indio, recibiendo en recompensa de su labor de cultivar los terrenos, cierto porcentaje de los productos. Se encuentran chilenos por todo el territorio; casi todos son fugitivos de la justicia, que se ganan la vida ocupándose en cualquier trabajo que se les proporcione. Con frecuencia se casan con indias y rápidamente se ponen a nivel de los salvajes, con quienes se asimilan fácilmente, sin conservar otro distintivo de la civilización que el nombre de cristiano.

El camino nos llevó en dirección al oriente, hasta pasar un cerro, y de allí continuó directamente al sur… El camino, surcado y destruido por el mucho tránsito, era indudablemente el peor que había visto hasta entonces. Caminábamos con el mayor cuidado, uno en pos de otro, cuando nos alcanzó un indio, quien anunció su proximidad por el saludo: ¡Mari, mari epu! (Buenos días ambos). Al juntarse con nosotros comenzó el diálogo usual en tales ocasiones, dirigiéndose a Sánchez, quien iba adelante.

Continuó la conversación por más de una hora, evidentemente con el fin de aliviar el tedio del viaje; pero a mí me produjo el efecto contrario y me habría quedado dormido a caballo si las peripecias del camino no me hubieran mantenido despierto. Al salir de los bosques llegamos a una hermosa planicie salpicada de numerosos grupos de árboles, y mirando hacia al oriente vimos por primera vez la cumbre del Quetredeguín. Este pico prominente es un cono truncado que presenta la apariencia de volcán, no sólo por su forma y color, sino también por el hecho de que estando cubierta de nieve la base, la cima se encuentra, sin embargo, completamente desnuda…

El palacio real de Mañín está situado en un rincón pintoresco, respaldado por cerros coronados de bosques, al pie de los cuales corre un riachuelo cristalino que baila alegremente sobre su lecho de guijarros. Con sus verdes prados, aguas puras y elevados árboles, éste me parecía uno de los lugares más hermosos de la región más apetecible de Chile. Sánchez contaba maravillas de su fertilidad.

-Si pudiéramos deshacernos de estos bárbaros –decía–, nosotros los cristianos luego echaríamos abajo los árboles.
-Mejor que queden los bárbaros con sus árboles –dije yo.
-¿Para qué sirven? –preguntó.

Smith, Edmond Reuel. Los Araucanos o notas sobre una jira efectuada entre las tribus indígenas de Chile Meridional. En: Rojas, Manuel. Chile: 5 navegantes y 1 astrónomo. Empresa Editora Zig-Zag, S.A., 1956, pp 97-98.

CARTA ABIERTA DE UN JEFE INDIO

“Yo nací hace mil años”

Queridos amigos:

Yo nací hace mil años, en una cultura de arco y flechas, pero, en el espacio de media vida humana, he recorrido las edades hasta llegar a la cultura de la bomba atómica.

Nací en un mundo que amaba las cosas de la naturaleza y les daba nombres hermosos como “Tesoualouit”, en vez de nombres secos y sin gracia como “Stanley Park”. Nací cuando la gente amaba la naturaleza y hablaba con ella como si tuviera un alma. Recuerdo cuando en mi infancia remontaba el Indian River con mi padre. Recuerdo cómo contemplaba el sol sobre el monte Pénéné. Le recuerdo expresando su agradecimiento con un canto, como tantas veces lo vi, y pronunciando muy dulcemente la palabra india “gracias”.

Pero llegaron nuevas gentes, cada vez más numerosas, como una oleada arrolladora y destructiva que aceleraba el curso de los años, y de pronto me encontré en el siglo XX. Me encontré a mí mismo y a mi pueblo flotando a la deriva de esta nueva época. No formábamos parte de ella, nos anegábamos en su marejada irresistible, como cautivos que giran y giran en sus pequeñas reservas, en sus parcelas de tierra.

Parecía como si flotáramos en una gris irrealidad: avergonzados de nuestra cultura que vosotros ridiculizabais, inseguros de nuestra personalidad y de nuestro rumbo, dudando de poder aprehender el presente y con una muy débil esperanza de futuro.

Yo había imaginado algo mejor que esto durante unos pocos años. Vi a mi pueblo viviendo la vieja vida tradicional, cuando todavía tenía dignidad y creía en su manera de concebir las cosas. Les he conocido cuando confiaban tácitamente en su hogar y tenían una cierta noción de cuál había de ser el sentido de su peregrinar por la tierra. Pero, por desgracia, vivían con la mortecina energía de una cultura moribunda, de una cultura que perdía poco a poco su impulso vital.

No hemos tenido tiempo de adaptarnos al brutal crecimiento que nos rodeaba, y es como si hubiéramos perdido lo que teníamos sin sustituirlo con otra cosa. No hemos tenido tiempo de abordar el progreso del siglo XX poco a poco, ni digerirlo.

¿Sabéis lo que supone no tener un país? ¿Sabéis lo que es vivir en mundo feo? Eso es algo que deprime al hombre, porque el hombre tiene que estar rodeado de belleza y en ella debe crecer su alma.

¿Imagináis acaso lo que es sentir que no se tiene valor alguno para la sociedad y para quienes nos rodean y saber que hay gente que ha venido para ayudaros, pero no para trabajar con vosotros? Porque vosotros os dabais perfecta cuenta de que no podíamos ofreceros nada. ¿Sabéis lo que es sentir que la propia raza se halla disminuida y llegar a pensar que constituye una carga para el país? Quizá no éramos lo suficientemente avispados como para aportar una contribución que tuviera sentido, pero nadie tenía la paciencia de esperar a que nosotros pudiéramos aprender. Hemos sido relegados porque éramos torpes y no sabíamos aprender.

¿Sabéis lo que es no sentir orgullo alguno por la propia raza, por la familia, no tener amor propio ni confianza en sí mismo? No podéis saberlo porque nunca habéis conocido esa amargura. Pero yo voy a explicároslo: la cosa consiste en que uno no se preocupa por el día de mañana porque mañana no cuenta para nada. Se vive en una reserva, es decir en una especie de basurero público, porque se ha perdido todo sentimiento de lo bello.

Y ahora nos tendéis la mano y nos pedís que vayamos hacia vosotros. “¡Ven e intégrate!”: eso es lo que nos decís. Pero ¿cómo llegar hasta vosotros? Yo soy un ser desnudo y avergonzado. ¿Cómo caminar con dignidad? No tengo nada que dar. ¿Qué apreciáis vosotros en mi cultura, en mi pobre tesoro? Sólo sabéis despreciarla. ¿Deberé ir hacia vosotros como un mendigo, para recibirlo todo de vuestra mano omnipotente?

Haga lo que haga, tengo que esperar, demorarme, encontrarme a mí mismo, encontrar mi tesoro, esperar a que deseéis algo de mí y necesitéis ese algo que soy yo. Y entonces podré alzar la cabeza y decir a mi mujer a mis hijos: “Escuchad, me llaman, me necesitan. ¡Voy hacia ellos!” Y entonces podré cruzar la calle con la cabeza alta porque iré a hablaros de igual a igual. No os despreciaré por vuestro paternalismo, pero vosotros tampoco me trataréis con conmiseración. Puedo vivir sin vuestra limosna pero no puedo vivir sin mi hombría. No me arrodillaré ante vuestra compasión. Vendré con dignidad y, si no, no vendré.

Vosotros habláis en las escuelas de integración. Pero ¿se puede hablar de integración cuando no hay una integración social, una integración de los corazones y de los espíritus?

Acompañadme al patio de una escuela en la que se pretende que reina la integración. El suelo es negro, plano, liso y feo; mirad, es la hora del recreo: los alumnos corren hacia el patio. Y se forman entonces dos grupos distantes: a un lado los alumnos blancos y allá lejos, junto a la empalizada, los autóctonos. Volved a mirar el patio; ya no es plano; se yerguen montañas, se abren valles, surge un gran abismo entre los dos grupos, el vuestro y el mío, y nadie parece capaz de salvarlo. Esperad, va a sonar muy pronto la campana y los alumnos abandonarán el patio. Solamente se mezclarán en el interior ya que en un aula es imposible producir un abismo grande: sólo puede haberlos pequeños porque no toleramos los grandes.

¿Qué es lo que queremos? Sobre todo, queremos ser respetados y sentir que nuestro pueblo tiene su valor propio. Queremos tener las mismas posibilidades de triunfar en la vida, pero nosotros no podemos triunfar con arreglo a vuestras condiciones ni progresar según vuestras normas: necesitamos una enseñanza especial, una ayuda específica durante los años de formación, cursos especiales de inglés; necesitamos orientación y asesoramiento, oportunidades laborales equivalentes para nuestros jóvenes cuando terminen los estudios, ya que, si no, se descorazonarán y dirán: “¿Para qué nos ha servido todo esto?”

Nadie debe olvidar que nuestro pueblo tiene unos derechos especiales, garantizados por promesas y tratados. Nosotros no los mendigamos y no os agradecemos, porque bien sabe Dios que el precio ha sido exorbitante: el precio ha sido nuestra cultura, nuestra dignidad y el respeto que sentíamos por nosotros mismos. Hemos pagado, pagado y pagado hasta llegar a ser una raza herida, conquistada y minada por la pobreza.

Gracias por haberme escuchado; sé muy bien que en el fondo de vosotros mismos desearíais ayudarnos. Me pregunto sin podéis hacer gran cosa. Sí, podéis hacer muchas cosas. Cada vez que encontréis a mis hijos respetadlos como lo que son: hijos míos y hermanos vuestros.

Dan George

• Esta carta de Dan George, jefe de la tribu de los indios capilanos (Columbia Británica, Canadá) fue leída por el misionero André-Pierre Steinman, en el coloquio del que se da cuenta en las páginas 4 a 11. El Padre Steinman, de Puvirnituq, Nuevo Québec, que ha vivido más de 30 años entre los esquimales, afirmó en tal ocasión que, a su juicio, la elocuente carta del jefe indio expresaba también los sentimientos de los esquimales de Groenlandia y del Canadá.


Revista El Correo de la UNESCO. Enero de 1975, año XXVIII, pp 20

DÉCIMAS

Las siguientes décimas aparecen en el libro “La Biblia del Pueblo” del padre Miguel Jordá (Editorial Salesiana, 1978), producto de un trabajo de recolección de textos pertenecientes al repertorio de la poesía popular chilena que realizan los poetas populares en la zona central de Chile. En este libro se pueden conocer versos a lo divino y a lo humano. Los versos a lo humano que doy a conocer a continuación reflejan una particular visión que - de nosotros los mapuche - tiene una parte de la sociedad chilena.

LOS INDIOS ARAUCANOS
(Olegario Méndez – Lonquén)

Los mapuches y araucanos
eran indios de temer
eran buenos pa’ correr
muy esquivos y baqueanos.
Con el arco de sus manos
peleaban con afán
Lautaro y Caupolicán
eran hombres valerosos
derrotaron a los godos
con astucia sin igual.

Eran indios indomables
más feroces que un león
su coraje y su tesón
en verdad son admirables.
Viven más allá del Maule
nadie se puede acercar
no los puede dominar
el valeroso español
pelean de sol a sol
sin dejarse capturar.

Fue tomado prisionero
el muy valiente Lautaro
y a este Toqui sin reparo
toda confianza le dieron.
Fue un error que cometieron
de hacerlo caballerizo
con ser que estaba sumiso
se fijaba en sus ideas
les conoció la pelea
y muy astuto se hizo.

Cierto día se arrancó
de aquel Fuerte así no más
se juntó con los demás
y un ejército adiestró.
En grupos los dividió
aquel indio inteligente
peleaba frente a frente
con aquel godo guerrero
y se llevó prisionero
a Valdivia con su gente.

Como en la historia se ve
los mapuches y araucanos
fueron indios muy baqueanos
y buenos para correr.
Fueron indios de temer
Lautaro y Caupolicán
de las manos se les van
estos héroes valerosos
lucharon contra los godos
con cordura y con afán.

Jordá. Miguel. La Biblia del Pueblo. Editorial Salesiana, 1978, pp 353.